Abrí la tapa.
Lo primero que encontré fue una fotografía.
Julian aparecía sentado en el sofá de nuestra casa.
Tenía una mano sobre el vientre que todavía no se notaba cuando yo estaba embarazada de cuatro meses.
La fotografía estaba fechada.
Dos semanas después del diagnóstico.
Debajo había una frase escrita:
“Ese día ella todavía no sabía cuánto miedo tenía.”
Había decenas de cosas dentro de la caja.
Un pequeño gorro de bebé.
Un par de calcetines.
Una copia de nuestra primera ecografía.
Una pulsera del hospital.
Y varias cartas.
Una para mí.
Una para nuestra hija cuando cumpliera cinco años.
Otra para cuando cumpliera diez.
Otra para cuando cumpliera dieciocho.
Y una última que decía:
“Para mi hija, el día que pregunte quién era su papá.”
Me quedé paralizada.
—¿Cuándo hizo todo esto?
—Durante sus últimas semanas —respondió el médico.
—¿Y usted lo ayudó?
—En algunas cosas.
—¿Qué cosas?
El médico tomó aire.
—Julian me pidió que le explicara las posibilidades de donación. Pero también me preguntó algo más.
—¿Qué?
—Si podía ayudarlo a establecer un fondo para la educación de su hija.
Lo miré fijamente.
—¿Un fondo?
Asintió.
—No era rico. No podía dejarle una fortuna. Pero tenía un seguro de vida y algunos ahorros. Quería que todo quedara organizado.
Sentí una mezcla extraña de dolor y rabia.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque sabía que usted habría intentado utilizar ese dinero para su tratamiento.
No pude responder.
Porque tenía razón.
Yo habría vendido todo.
La casa.
El coche.
Lo que fuera.
Si hubiera existido una posibilidad, por pequeña que fuese, de comprarle seis meses más.