Volví a abrirla.
“Durante las últimas semanas hice algunas cosas que no quería contarte porque sabía que intentarías detenerme. No porque estuviera haciendo algo peligroso. Lo hice porque quería quitarte algunas preocupaciones de encima.”
“Sé que estás a punto de ser madre. Sé que tendrás miedo. Y sé que después de perderme probablemente tendrás la sensación de que todo lo que habías imaginado para nuestra familia desapareció conmigo.”
“Pero no quiero que nuestra hija crezca pensando que su padre fue solamente el hombre que murió antes de poder conocerla.”
La vista se me nubló.
“Quiero que conozca al hombre que la esperaba.”
Debajo de aquella frase había una pequeña nota:
“Pregunta al doctor por la caja.”
Levanté la mirada.
—¿Qué caja?
El médico cerró los ojos durante un instante.
—Está en mi despacho.
—¿Qué hay dentro?
—No lo sé todo. Julian me pidió que no la abriera.
—¿Usted tampoco?
—No.
Me pareció absurdo.
—¿Y obedeció?
—Sí.
—¿Por qué?
El médico me miró directamente.
—Porque durante los últimos días de su vida, Julian me pidió algo que no tenía nada que ver con medicina. Me pidió que respetara su voluntad.
No dije nada.
Volvimos juntos al interior del hospital.
La caja estaba guardada en un armario.
Era de madera oscura, sencilla, sin cerradura.
Cuando el médico la colocó delante de mí, reconocí inmediatamente una pequeña marca en una de las esquinas.
La había hecho yo.
Años atrás, Julian y yo habíamos intentado montar una estantería para nuestro primer apartamento.
Yo había dejado caer una herramienta sobre la madera.
Él se había reído durante diez minutos.
—Ahora es oficialmente nuestra —había dicho.
Me senté.
Mis manos ya no dejaban de temblar.