¿Te imaginas encender el televisor de madrugada y encontrar solo una pantalla en negro, una imagen fija o ruido estático? Durante buena parte del siglo XX, eso no indicaba una avería: significaba que el canal había terminado su jornada. ¿Por qué se interrumpían las emisiones? ¿Qué ocurría durante esas horas? La respuesta combina tecnología, costes y una forma de organizar el tiempo muy distinta de la actual.
Antes de que existieran las cadenas de noticias permanentes y las plataformas digitales, la televisión tenía un horario claramente delimitado. La programación comenzaba por la mañana, avanzaba durante el día y concluía alrededor de la medianoche, aunque el cierre podía ser más temprano según el país y la emisora.