Golpeó la mesa.
—¿Me vas a quitar todo por un error?
—No fue un error.
Señalé los documentos uno a uno.
—Un error es olvidar una cita. Tú retiraste dinero tres veces. Mentiste sobre tratamientos médicos. Preparaste comunicados sobre la muerte de tu madre. Intentaste vender nuestra casa. Hablaste de dejarme quebrarme para aparecer después como salvador. Eso se llama planificación.
Su rabia desapareció.
—¿Y el dinero?
—Lo devolverás. Mi abogada tiene toda la documentación. Si decides no resolverlo legalmente y por escrito, seguiremos la vía que ella nos indique.
—¿Y la casa?
—No está en venta.
—¿La empresa?
—Tampoco es tuya.
—¿Y la herencia?
Lo miré durante varios segundos.
Aun después de todo, aquella era su pregunta.
—Elena y yo actualizamos nuestras decisiones patrimoniales. Ya no vas a construir tu vida esperando nuestra muerte.
Entonces ocurrió lo que había esperado.
Alejandro cambió de estrategia.
Su voz se suavizó.
—Papá, piensa bien lo que estás haciendo. Estás destruyendo a nuestra familia por dinero.
No respondí.
—Estabas solo y te sentiste abandonado. Lo entiendo. Estás herido. Pero mamá jamás querría que por resentimiento acabaras con nuestra familia.
Me quedé mirándolo.
Durante setenta y un años había confundido muchas veces la paciencia con la obligación de soportar.
Ese día entendí la diferencia.
—No fui yo quien convirtió a tu madre en un presupuesto —dije—. No fui yo quien escribió su anuncio de muerte antes de tiempo. No fui yo quien intentó vender una casa con una mujer enferma todavía adentro.
Alejandro respiraba con dificultad.
—Solo necesito tiempo para arreglarlo.
—Tres semanas fueron suficientes para que me demostraras quién eras.
—Entonces dame espacio —dijo desesperado—. Déjame pensar.
Casi me reí.
Espacio.