Cuando regresé a casa, Elena estaba despierta.
Había mejorado lo suficiente para continuar el tratamiento ahí.
Le conté todo.
No lloró.
Solo me dijo:
—Falta algo.
Entonces confesó lo que había escuchado días antes del viaje.
Patricia y Alejandro hablaban en voz baja en el pasillo, creyendo que ella dormía.
Patricia había dicho:
—En tres semanas lo peor ya habrá pasado. De cualquier forma, la casa seguirá aquí.
Elena entendió perfectamente.
“Lo peor” era su muerte.
La casa era lo que quedaría después.
—¿Y qué vas a hacer cuando regresen? —me preguntó.
—Dejar de salvarlo de las consecuencias.
Elena tomó mi mano.
—Ya era hora.
Quiso escuchar personalmente la conversación cuando llegaran, pero su condición no permitía que permaneciera mucho tiempo en la sala.
Laura instaló un monitor de dos vías entre nuestra recámara y el comedor.
—No quiero que después me cuentes una versión suavizada —me dijo Elena—. Quiero escuchar a mi hijo con mis propios oídos.
Dos días antes del regreso, Rosa llegó a Querétaro.
Traía una carpeta.
Durante treinta años había protegido a Patricia.
Esta vez venía a hacer lo contrario.
—¿Dónde quieres que me siente cuando entren? —preguntó.
Miré nuestra mesa.
—En la cabecera.
Alejandro llegó un martes a las 2:47 de la tarde.
Escuché las llantas sobre la grava.
Exactamente el mismo sonido que había escuchado tres semanas antes cuando se marchó.
Pero esta vez no fui a recibirlo.
Rosa estaba sentada en la cabecera.
Yo estaba frente a una carpeta llena de documentos.
Elena escuchaba desde la recámara.
La puerta se abrió.
—¡Papá!
Alejandro entró bronceado, arrastrando dos maletas costosas. Patricia venía detrás.
Colocó sobre una mesa una caja elegante.