Mauricio permaneció callado.
—Los huevos rotos solo me hicieron ver lo que llevaba tres años negándome a aceptar.
Las puertas del elevador se abrieron.
Teresa entró primero.
Ya no parecía la mujer que criticaba mercados populares y exigía productos importados.
Parecía simplemente una mujer enfrentándose, por primera vez, al costo de su propia arrogancia.
Mauricio entró detrás de ella.
Antes de que las puertas se cerraran, me miró.
Esperaba quizá que lo detuviera.
No lo hice.
Cerré la puerta de mi departamento.
Cambié nuevamente todos los accesos.
Después abrí las ventanas.
El aire fresco entró a la sala.
Mi padre apareció con una escoba.
—Bueno —dijo—, ya que me quedé, por lo menos déjame ayudarte a limpiar.
Me reí.
—El médico dijo que nada de esfuerzo.
—Una escoba no cuenta.
Terminamos limpiando juntos.
En un rincón de la cocina encontré el frasco que había rescatado del bote el día anterior.
También habían sobrevivido tres huevos.
Los lavé cuidadosamente.
Aquella noche preparé algo sencillo: frijoles de olla, tortillas calientes, huevos y los chiles que mi padre había traído.
Nos sentamos frente a frente.
Papá tomó una tortilla.
—Perdóname, hija.
—¿Otra vez?
—Por no haberme dado cuenta de que estabas sufriendo.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo tampoco quería que lo supieras.
—Los padres siempre sabemos un poco.
Sonrió.
—Solo esperamos que nuestros hijos estén listos para aceptar la verdad.
Durante las semanas siguientes, el divorcio siguió su curso por medio de abogados.
Mauricio retiró la pretensión sobre el departamento cuando comprendió que la escritura, la fecha de adquisición y nuestro régimen matrimonial no respaldaban aquella fantasía.
El tema del automóvil también quedó formalizado por escrito.