Miré a mi padre sentado frente a mí, preocupado por el precio de las medicinas, y sentí vergüenza.
Durante meses yo había pagado suplementos carísimos para que doña Teresa “conservara la piel joven”.
Mientras tanto, mi padre soportaba dolores sin decirme nada para no preocuparme.
Compré sus medicamentos.
Después lo llevé a comer.
Cuando volvimos al departamento al final de la tarde, Mauricio y Teresa estaban sentados esperándonos.
Sobre la mesa había varios documentos.
—Tenemos que hablar —dijo Mauricio.
—Habla.
Empujó los papeles hacia mí.
—Fui con un abogado. Esta relación ya no funciona. Quiero divorciarme.
Me senté.
—Estoy de acuerdo.
Mi respuesta pareció decepcionarlo.
Esperaba lágrimas.
Pero entonces señaló otra página.
—El departamento deberá venderse y el dinero dividirse entre los dos.
Lo miré.
—¿Perdón?
Doña Teresa intervino inmediatamente.
—Tres años de matrimonio no se borran. Mi hijo también vivió aquí. También sacrificó su juventud contigo.
Tuve que contener una carcajada.
Mauricio había llegado al matrimonio con dos maletas y una cuenta casi vacía. No había pagado el enganche, la hipoteca ni el mantenimiento.
Y ahora quería la mitad.
—Si firmas hoy —continuó él— podemos terminar esto sin escándalos.
Doña Teresa se inclinó hacia mí.
—Y te conviene, Daniela. Porque si te niegas, puedo contar en redes sociales cómo trataste a una mujer mayor. También puedo ir a tu empresa. Imagínate lo que pensarán tus jefes.
Entonces entendí.
No buscaban justicia.
Intentaban asustarme.
Miré a mi padre. Tenía los puños cerrados, pero le hice una señal para que permaneciera tranquilo.
Me levanté.
Fui a mi habitación.
Abrí la caja fuerte.
Cuando regresé llevaba una carpeta transparente.
La dejé encima de la propuesta de Mauricio.