Se casó con un hombre sin hogar por compasión, pero una carta después de su muerte cambió toda su historia

Sarah pensó que era una broma.

Se acercó rápidamente.

—Larry, ¿qué significa esto?

Él levantó la mirada.

Esta vez no sonrió.

Su rostro estaba pálido y sus manos temblaban alrededor del vaso de café.

—Es verdad.

Sarah se sentó a su lado.

—¿Qué te pasa?

Larry respiró profundamente.

—Los médicos dicen que mi hígado está fallando. No pueden hacer mucho. Me queda aproximadamente un mes.

Sarah sintió que se le cerraba la garganta.

—Lo siento muchísimo.

Larry bajó la cabeza.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente, Sarah señaló el cartel.

—Pero sigo sin entender esto. ¿Por qué quieres casarte conmigo?

Larry tardó en responder.

—Porque no quiero morir sin que nadie me recuerde.

Sarah frunció el ceño.

—Yo te recuerdo.

—Eso no es lo mismo.

Larry miró hacia la estación.

—Cuando alguien muere solo, todo termina demasiado rápido. Un trabajador llena unos papeles. Alguien recoge sus pertenencias. Y después nadie vuelve a pronunciar su nombre.

Sarah sintió una tristeza profunda.

—¿Y quieres casarte para evitar eso?

Larry asintió.

—No necesito una gran boda. Ni siquiera necesito que me ames. Solo quiero saber que, cuando me vaya, habrá alguien que pueda decir: “Larry fue importante para mí”.

Aquellas palabras terminaron de convencerla.

Sarah era soltera. Larry estaba enfermo. Y ella pensó que aquel matrimonio no sería realmente un matrimonio.

Sería un último acto de bondad.

Dos días después, fueron al juzgado.

No hubo invitados.

No hubo flores.

No hubo fotografías.

Solo dos firmas y algunos documentos.

Once minutos después, Sarah se había convertido legalmente en la esposa de Larry.

Ambos regresaron a la estación y tomaron un café.

Larry levantó su vaso.

—Por mi esposa.

Sarah soltó una pequeña carcajada.

—No te acostumbres.

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