Sin embargo, había una cosa que nunca había perdido: una pequeña caja metálica que llevaba consigo a todas partes.
Dentro había fotografías y algunos documentos familiares.
Sarah continuó leyendo.
“La razón por la que elegí casarme contigo fue porque necesitaba confiar en alguien.”
Larry había descubierto algo inesperado semanas antes de conocer su diagnóstico.
Su hija, Emily, a quien creía muerta desde hacía años, seguía viva.
Un antiguo conocido le había ayudado a encontrarla.
Pero Larry no se atrevía a acercarse a ella.
Había demasiada vergüenza.
Demasiados años perdidos.
Y demasiado miedo a ser rechazado.
En la carta, Larry confesaba que había localizado a Emily, pero que nunca había tenido el valor de buscarla personalmente.
Entonces llegó su enfermedad.
Y comprendió que el tiempo se estaba acabando.
“No quería dejar mis cosas en manos de alguien que pudiera venderlas o tirarlas. Necesitaba una persona en quien confiar.”
Sarah sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Larry había dejado todos sus documentos y fotografías a su nombre.
Pero había algo más.
Una dirección.
Y un nombre.
Emily Carter.
Debajo había escrito:
“Ella es mi hija.”
Sarah permaneció sentada durante varios minutos.
Entonces encontró una última página.
La letra de Larry era más irregular.
“No te casaste conmigo por amor. Lo sé. Pero durante esos dos años me diste algo que no tenía: compañía. Por eso confío en ti.”
La última frase decía:
“Si puedes, dile a Emily que nunca dejé de buscarla.”
Sarah cerró los ojos.
Ahora comprendía que aquel matrimonio improvisado había sido mucho más importante para Larry de lo que ella había imaginado.