Nada había cambiado.
Era la misma mujer que Mauricio había reencontrado cinco años atrás en la fiesta de un amigo. Habían sido compañeros de preparatoria antes de que Valeria se marchara a estudiar un año a Italia y perdieran contacto.
Allí ella se había casado impulsivamente con un hombre que terminó obedeciendo absolutamente todo lo que decía su madre. La experiencia fue tan asfixiante que, después del divorcio, Valeria regresó a México prometiéndose no volver a cometer el error de ignorar las señales.
Por eso había esperado años antes de aceptar la propuesta de Mauricio.
Al día siguiente él no llamó.
Hasta la noche apareció debajo de su edificio con un enorme ramo de rosas blancas.
—Fui un idiota —admitió—. No sé qué me pasó. Perdóname.
Valeria terminó perdonándolo.
Quiso creer que sólo eran los nervios previos a la boda.
Pero una semana después, durante el cumpleaños de Elena, la madre de Mauricio, él soltó delante de toda su familia:
—Amor, ¿no crees que estás subiendo de peso? Cuidado con las botanas. No vaya a ser que el vestido ya no cierre.
La mesa quedó en silencio.
Una prima bajó la mirada. La hermana de Mauricio soltó una pequeña risa.
Valeria sintió que el rostro le ardía.
Y cuando creyó que aquella humillación era lo peor que podía suceder esa noche, todavía faltaba escuchar la conversación que Mauricio tendría con su madre después de que todos los invitados se fueran.
Una conversación que cambiaría por completo el significado de aquella boda.
Valeria todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir…