PARTE 1
—Si de verdad piensas casarte conmigo, por lo menos deberías arreglarte para que no me dé vergüenza verte junto a mí en la boda.
Valeria se quedó inmóvil en medio del Parque México, en la Condesa, convencida de que había escuchado mal.
Mauricio jamás le había hablado así.
Llevaban cinco años juntos. Faltaba menos de un mes para la boda y, hasta aquella tarde, ella creía que él conocía perfectamente a la mujer con la que había decidido compartir su vida.
—¿Perdón?
Mauricio soltó un suspiro, como si la exagerada fuera ella.
—No te pongas dramática. Te lo digo por tu bien. Una crítica tampoco mata a nadie.
Valeria llevaba jeans oscuros, una camisa blanca, tenis limpios y el cabello rizado recogido de forma sencilla. Apenas usaba maquillaje entre semana porque le gustaba su rostro natural. Se cuidaba la piel, hacía ejercicio, tenía una buena carrera en una agencia de publicidad y jamás había sido descuidada.
—Entonces explícame qué significa “arreglarme”.
Mauricio señaló discretamente a una mujer que cruzaba frente a ellos: cabello perfectamente lacio, maquillaje intenso, uñas largas y un vestido ajustado.
—Algo así. Se nota cuando una mujer se esfuerza.
Valeria siguió la mirada de su prometido y sintió una punzada.
—Curioso. Durante cinco años dijiste que te encantaban mis rizos.
—No quiero que seas idéntica a ella. Sólo digo que podrías mejorar.
—¿El cabello?
—Tal vez alisarlo.
—¿Las uñas?
—Un manicure más femenino.
—¿El maquillaje?
Mauricio apretó los dientes.
—¿Me estás interrogando?
—Estoy intentando saber con quién voy a casarme.
Él afirmó que estaba exagerando y Valeria terminó marchándose sola.
Aquella noche se observó largamente frente al espejo de su departamento en la colonia Del Valle.