“¿No te parece que te has descuidado demasiado para ser una novia?”, me preguntó mi futuro esposo frente a toda la familia, después de decir que había engordado. A pocas semanas de la boda, respiré hondo y no hice ninguna escena. Pero cuando escuché a su madre llamarme “una mujer sin gracia” y él guardó silencio, supe que todavía faltaba descubrir algo mucho peor.

—Eres un hombre atractivo —insistió Elena—. Puedes aspirar a una mujer que llame la atención cuando entra a un lugar, no a alguien que desaparezca entre la gente.

Valeria regresó silenciosamente a la cocina.

Tenía ganas de salir, azotar la puerta y cancelar la boda esa misma noche.

Pero después pensó algo diferente.

Quizá Mauricio realmente deseaba verla arreglada para un evento tan importante.

Tal vez ella podía hacer ese esfuerzo una vez.

No por Elena.

Por él.

Días después contrató a Renata, una reconocida maquillista que trabajaba con novias en Ciudad de México.

Juntas diseñaron un estilo elegante: cabello semirrecogido conservando sus rizos, maquillaje sofisticado en tonos naturales, labios definidos y un manicure nacarado.

Cuando Valeria se miró al espejo sonrió.

Seguía pareciendo ella.

Simplemente parecía una versión más elegante de sí misma.

Fue así a la prueba general de la ceremonia, segura de que Mauricio se quedaría sorprendido.

Y lo consiguió.

Pero no como esperaba.

Él la miró y su rostro cambió.

—¿Qué demonios te hiciste?

Valeria soltó una pequeña risa, creyendo que bromeaba.

—Lo que tú querías. Maquillaje, peinado…

—¿Estás loca?

Varias personas del equipo de organización voltearon.

—Mauricio, baja la voz.

—¡Lo hiciste para burlarte de mí!

—Contraté una maquillista porque dijiste que querías verme más arreglada.

Mauricio señaló su rostro.

—Yo pedí que te arreglaras, no que parecieras una cualquiera.

Valeria se quedó sin palabras.

Entonces él pronunció delante de todos una frase que terminó de romper algo dentro de ella:

—Con esa cara pareces una mujer de esas que uno recoge de madrugada en un bar. Aunque después de todo lo que hiciste en Italia, tal vez no debería sorprenderme.

El salón entero quedó en silencio.

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