—Emily era cinco años menor que yo —dijo Daniel—. Me seguía a todas partes.
Esbozó una sonrisa débil y rota.
—Si yo subía a un árbol, ella intentaba subir también. Si iba en bicicleta, quería sentarse detrás de mí. Pensaba que yo podía hacerlo todo.
Su sonrisa desapareció.
—Una noche nuestros padres salieron a cenar. Yo tenía catorce años. Me dejaron a cargo.
Sentí que se me tensaba el estómago.
Daniel miró la bañera.
—Emily quería darse un baño.
De repente entendí por qué estábamos allí.
Por qué la puerta.
Por qué la rutina.
Por qué cada noche exactamente a las 8:30.
La voz de Daniel se volvió más baja.
—Le llené la bañera. Tenía unos delfines de plástico que adoraba. No paraba de hacerlos saltar de un lado a otro.
Tragó saliva.
—Entonces sonó el teléfono abajo.
No me moví.
—Le dije que volvería enseguida.
Me llevé una
mano a la boca.
—Estuve fuera quizá tres minutos.
Los ojos de Daniel volvieron a llenarse de lágrimas.
—Cuando regresé…
Se detuvo.
No necesitaba terminar.
La fotografía temblaba en mi mano.
—Oh, Daniel.
—Debería haberme quedado.
—Tenías catorce años.
—Debería haberme quedado.
Esta vez lo dijo con más fuerza.
Como si se hubiera repetido esa frase a sí mismo todos los días durante décadas.—Mis padres llegaron a casa y encontraron coches de policía y una ambulancia. Mi padre nunca volvió a mirarme de la misma manera.
Me senté a su lado.
—Mi madre apenas me habló durante meses. Cuando lo hacía, siempre me preguntaba por qué había salido de la habitación.
Su voz se quebró.
—Así que, con el tiempo, dejé de responder.