Y todavía no sabía que el anillo era apenas la parte menos grave de todo.
PARTE 2
Esa tarde
Lucía llamó a su amiga Karla, contadora desde hacía más de quince años.
Karla revisó las fotografías y la cuenta común.
—No hagas un escándalo todavía —dijo—. Guarda estados de cuenta, fechas y todo lo que tú puedas consultar legalmente. Y habla con un abogado.
—¿Abogado? Ni siquiera sé quién es esa mujer.
—Precisamente. La infidelidad te puede romper el corazón. Pero si está usando dinero familiar, eso puede romperte la vida.
Al día siguiente Lucía se reunió con Daniel Ortega, especialista en asuntos patrimoniales familiares.
Daniel fue claro: no hackear teléfonos, no adivinar contraseñas, no seguir a nadie. Sólo conservar documentación propia y usar canales legales.
—Ustedes están casados bajo sociedad conyugal —le recordó después de revisar el acta—. Si se confirma que se dispuso de recursos comunes para fines ajenos a la familia, habrá que cuantificarlo. Pero primero necesitamos hechos.
Lucía buscó a Paola en fuentes abiertas. La
encontró trabajando como coordinadora administrativa en una clínica privada de Santa Fe.
Le dejó un sobre en recepción.
“Soy Lucía Hernández, esposa de Ricardo Salgado. Necesito hablar contigo. No voy a hacer un escándalo.”
Paola llamó dos horas después.
Se encontraron en un café concurrido.
Era rubia, elegante y llevaba en la mano derecha el mismo anillo del recibo.
—Ricardo me dijo que ustedes estaban separados desde hace mucho —soltó Paola—. Que sólo vivían juntos por su hijo.
Lucía sintió que algo le raspaba por dentro.
—Anoche durmió en mi cama. Ayer habló conmigo de vacaciones familiares.
Paola palideció.
—Me dijo que iba a divorciarse cuando terminara el ciclo escolar de Mateo.