Javier abrió lentamente los ojos.
—¿De verdad fueron cinco?
Empecé a reír y llorar al mismo tiempo.
—Eres un idiota.
—Buenos días para ti también.
Su recuperación tardó meses.
Le conté sobre el embarazo cuando estuvo suficientemente estable para comprenderlo.
Javier me miró sorprendido.
Después bajó la vista.
—Mariana… ¿estás segura?
Sentí que todo dentro de mí se cerraba.
—¿Segura de qué?
Él entendió demasiado tarde cómo había sonado.
—No, no. No estoy diciendo que…
—¿Crees que es de otro hombre?
Me levanté.
—Después de todo lo que viví, no voy a comenzar otra relación teniendo que demostrar quién soy.
Javier intentó incorporarse.
—Mariana, por favor. Escúchame.
Me detuve.
—Mi exesposa y yo estuvimos casados seis años —dijo—. Intentamos tener hijos, o al menos eso creía yo. Ella siempre me aseguró que el problema era mío. Que yo no podía ser padre.
—¿Te hiciste estudios?
—No. Fui un imbécil. Le creí.
Lo miré durante unos segundos.
Por primera vez entendí que detrás de sus cicatrices visibles también había otras.
—Entonces no dudaste de mí.
—Dudé de algo que me hicieron creer sobre mí mismo.
Suspiré.
—Pues acostúmbrate a la idea.
—¿Cuál?
—Vas a ser papá.
Javier comenzó a llorar.
Aquello terminó de romper mis defensas.
Meses después nos casamos en una ceremonia pequeña cerca del lago de Chapala.
Daniel entró caminando con bastón.
Se negó a usar la silla de ruedas ese día.
—No encontré una hermana después de treinta y seis años para salir sentado en sus fotos de boda —dijo.
Don Ernesto caminó conmigo.
Antes de llegar junto a Javier, se detuvo.
—Tu padre que te crió debería estar orgulloso.