Lo miré sorprendida.
—Ni siquiera sé qué sentir.
—Te dieron amor, ¿no?
—Todo.
—Entonces fueron tus padres también. Yo no quiero quitarle el lugar a nadie.
Me acerqué y lo abracé.
—No le estás quitando el lugar a nadie. Sólo acabas de ocupar uno que estuvo vacío treinta y seis años.
Daniel se rio entre lágrimas.
—Bueno, pues yo siempre quise una hermana.
—Y yo siempre quise un hermano.
Por primera vez desde mi entierro, sentí que algo bueno podía crecer entre tanta oscuridad.
Utilicé parte de mi patrimonio para comprar una casa cómoda cerca de la clínica donde Daniel continuaría su rehabilitación.
Don Ernesto protestó.
—No necesito que me mantengas.
—No lo hago por lástima.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque el hombre que no tenía nada me prestó dinero para un taxi cuando todos los que tenían algo me dieron por muerta.