Yo debería haber sentido alivio.

En cambio, cuando bajé las escaleras, vi a Javier tendido en el piso.

—¡Javier!

Un paramédico me apartó.

—Señora, déjenos trabajar.

Había sufrido una lesión grave durante el enfrentamiento.

Lo trasladaron inmediatamente.

Esa noche volvió a aparecer en mi vida una sala de hospital.

Sólo que esta vez la persona inmóvil no era yo.

Era el hombre que me había protegido.

Los médicos consiguieron estabilizarlo, pero permaneció inconsciente.

Pasaron tres días.

Luego cinco.

Después diez.

—No podemos saber cuándo despertará —me explicó una doctora—. Su condición continúa siendo delicada.

—Entonces esperaré.

—Puede ser mucho tiempo.

—Tengo tiempo.

Iba cada día.

Le hablaba.

Le contaba sobre Daniel, que ya conseguía mantenerse de pie con apoyo durante algunos segundos.

Le contaba que Bruno, el perro de don Ernesto, había destrozado otro par de zapatos.

Le contaba cualquier tontería porque no soportaba el silencio.

Hasta que una mañana recibí otra noticia.

Llevaba varios días sintiéndome mareada y pensé que era estrés.

No lo era.

Estaba embarazada.

Me quedé sentada mirando el resultado durante casi una hora.

Primero sentí miedo.

Luego alegría.

Después miedo otra vez.

Regresé al hospital y me senté junto a Javier.

—Parece que vas a tener una razón bastante importante para despertar.

Le tomé la mano.

—Vamos a tener un hijo.

No ocurrió ningún milagro inmediato.

Javier no abrió los ojos de repente.

No apretó mi mano como en una telenovela.

Pero continué hablándole.

Cada día.

Hasta que, diecinueve días después del ataque, mientras le contaba que Daniel había dado cinco pasos con ayuda de un fisioterapeuta, escuché una voz ronca.

—¿Cinco?

Me quedé congelada.

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