Dos personas marcadas de maneras diferentes.
Una tarde, después de una consulta de Daniel, Javier me dijo:
—Necesita salir un rato de todo esto.
—¿Eso forma parte del servicio?
—No. Eso forma parte de tener ojos.
Me llevó a Chapala.
Nos sentamos frente al lago sin hablar de Ricardo, policías, abogados ni investigaciones.
Por primera vez en meses me sentí simplemente Mariana.
No una víctima.
No una heredera.
No la mujer del ataúd.
Mariana.
La relación nació lentamente después de aquella tarde.
No quería enamorarme.
Me parecía absurdo confiar de nuevo en un hombre cuando el anterior había intentado enterrarme.
Pero Javier nunca me pidió confianza.
La ganó.
Una mañana apareció en la cocina con café para todos porque don Ernesto había pasado la noche acompañando a Daniel.
Otro día manejó dos horas para conseguir una pieza especial para la silla de ruedas porque la que necesitábamos tardaría una semana.
Nunca presumía sus gestos.
Simplemente los hacía.
Dos meses después de conocerlo, dejamos de fingir que aquello era sólo amistad.
Y entonces Ricardo regresó.
Fue de madrugada.
Javier dormía en una habitación cercana porque las amenazas habían aumentado.
Escuché un golpe en la planta baja.
Luego cristales.
Javier apareció en el pasillo.
—Enciérrese con su familia.
Don Ernesto estaba conmigo esa noche porque Daniel había tenido fiebre.
Nos encerramos y llamamos a emergencias.
Desde arriba escuché gritos.
Ricardo no venía solo.
Había llevado a tres hombres.
Después supe que pretendían obligarme a retirar declaraciones y conseguir acceso a documentos y cuentas antes de huir.
Pero no llegaron lejos.
Javier logró contenerlos hasta que las patrullas llegaron.
Ricardo fue detenido nuevamente junto con los otros hombres.