—Porque el hombre que no tenía nada me prestó dinero para un taxi cuando todos los que tenían algo me dieron por muerta.

No volvió a discutir.

Pensé que, después de todo aquello, podría concentrarme en reconstruir mi vida.

Entonces recibí una llamada de la Fiscalía.

Ricardo había escapado durante un traslado junto con otros detenidos.

Sentí frío en las manos.

—¿Cómo pudo ocurrir?

—Se está investigando. Pero debemos advertirle que extreme precauciones.

No necesitaba que me explicaran por qué.

Ricardo sabía que yo estaba viva.

Sabía que su confesión estaba registrada.

Y sabía que don Ernesto había sido quien lo había expuesto.

Contraté seguridad privada.

Así conocí a Javier Mendoza.

Tenía cuarenta años, había trabajado como bombero y después como rescatista. Era enorme, tranquilo y tenía cicatrices visibles en el cuello y en un lado del rostro.

La primera vez que me sorprendió observándolo, se tocó la mejilla incómodo.

—Fue en un incendio. Si le resulta desagradable, puedo pedir que asignen a otra persona.

—¿Por qué habría de resultarme desagradable?

Se encogió de hombros.

—Mi exesposa decía que la gente no tenía por qué mirar esto.

—Entonces su exesposa miraba muy mal.

Javier sonrió por primera vez.

Aquella sonrisa cambió algo entre nosotros.

Al principio nuestra relación era estrictamente profesional. Me llevaba a reuniones, revisaba los alrededores de la casa y acompañaba a don Ernesto y Daniel cuando era necesario.

Pero poco a poco comenzamos a hablar.

Él sabía que yo había sido enterrada viva.

Yo sabía que él había entrado a un edificio en llamas para sacar a dos personas y había pagado por ello con cicatrices que alguien lo hizo sentir obligado a esconder.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *