Don Ernesto se quedó mirando el resultado de ADN durante varios minutos sin decir una palabra.
Sus manos temblaban.
—¿Daniel y tú?
—Somos hermanos —respondí—. El laboratorio habla de una relación compatible con hermanos completos. Y nacimos el mismo día.
Daniel estaba sentado a mi lado en una silla de ruedas, todavía recuperándose de la cirugía.
—Papá —dijo—, ¿mamá tuvo dos hijos?
Don Ernesto cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, estaba llorando.
No con desesperación, sino con el dolor de alguien que había esperado más de tres décadas para entender algo.
—Tu madre tuvo gemelos.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
Don Ernesto comenzó a contarnos la historia.
Su esposa, Lucía, había entrado a un hospital público de Guadalajara con un embarazo complicado. Él tenía veintisiete años, trabajaba como ayudante en una funeraria y apenas podía pagar la renta.