—No. Eso forma parte de tener ojos.

Me llevó a Chapala.

Nos sentamos frente al lago sin hablar de Ricardo, policías, abogados ni investigaciones.

Por primera vez en meses me sentí simplemente Mariana.

No una víctima.

No una heredera.

No la mujer del ataúd.

Mariana.

La relación nació lentamente después de aquella tarde.

No quería enamorarme.

Me parecía absurdo confiar de nuevo en un hombre cuando el anterior había intentado enterrarme.

Pero Javier nunca me pidió confianza.

La ganó.

Una mañana apareció en la cocina con café para todos porque don Ernesto había pasado la noche acompañando a Daniel.

Otro día manejó dos horas para conseguir una pieza especial para la silla de ruedas porque la que necesitábamos tardaría una semana.

Nunca presumía sus gestos.

Simplemente los hacía.

Dos meses después de conocerlo, dejamos de fingir que aquello era sólo amistad.

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