—¿Por qué habría de resultarme desagradable?

Se encogió de hombros.

—Mi exesposa decía que la gente no tenía por qué mirar esto.

—Entonces su exesposa miraba muy mal.

Javier sonrió por primera vez.

Aquella sonrisa cambió algo entre nosotros.

Al principio nuestra relación era estrictamente profesional. Me llevaba a reuniones, revisaba los alrededores de la casa y acompañaba a don Ernesto y Daniel cuando era necesario.

Pero poco a poco comenzamos a hablar.

Él sabía que yo había sido enterrada viva.

Yo sabía que él había entrado a un edificio en llamas para sacar a dos personas y había pagado por ello con cicatrices que alguien lo hizo sentir obligado a esconder.

Dos personas marcadas de maneras diferentes.

Una tarde, después de una consulta de Daniel, Javier me dijo:

—Necesita salir un rato de todo esto.

—¿Eso forma parte del servicio?

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