Le conté lo que había escuchado.
Ricardo.
Patricia.
La herencia.
Don Ernesto apretó los puños.
—Entonces esos dos sabían que usted estaba viva.
—Estoy segura.
Mi sospecha se confirmó cuando encontré, entre mis pertenencias entregadas con el ataúd, un recibo de una funeraria que no conocía y una copia de un certificado emitido apenas unas horas después de que perdí el conocimiento.
Todo había ocurrido demasiado rápido.
Patricia trabajaba administrando una farmacia familiar y tenía acceso a medicamentos. Yo no sabía exactamente qué habían utilizado conmigo, pero el efecto había sido evidente: habían provocado un estado tan profundo que parecía no tener reacción alguna.
Ricardo había aprovechado mi aislamiento familiar. Mis padres habían fallecido, no tenía hijos y mis parientes más cercanos vivían fuera de Jalisco.
Mi esposo había informado de mi “muerte” diciendo que yo había sufrido una complicación repentina y que, por recomendación familiar, realizarían un entierro privado.