Si sobrevivía, Ricardo iba a descubrir que había cometido el peor error de su vida.
Y todavía nadie podía imaginar lo que estaba a punto de salir de aquella tumba.
PARTE 2
La tapa se abrió y la luz me golpeó como si hubiera vuelto a nacer.
Sobre mí apareció el rostro arrugado del sepulturero.
—Virgen santísima…
Intenté hablar.
—Agua…
Eso bastó para que aquel hombre entendiera que no estaba viendo un cadáver.
Se llamaba don Ernesto Salgado. Llevaba más de veinte años trabajando en aquel cementerio privado a las afueras de Guadalajara. Con ayuda de su compañero me sacó de la fosa y, para evitar un escándalo inmediato, me llevó hasta una pequeña caseta donde descansaba durante sus turnos.
Bruno no se separó de mí.
Cuando recuperé algo de movilidad, don Ernesto quiso llamar una ambulancia.
—No todavía —le pedí—. Primero necesito entender qué hicieron conmigo.