Ahora sabía cuánto valían sus palabras.
Se acercó un hombre mayor.
—¿No va a venir más familia?
—No —contestó Ricardo.
—¿Y no quieren abrir el féretro para despedirse?
Por dentro grité con todas mis fuerzas.
¡Sí!
¡Ábralo!
¡Estoy viva!
Pero Ricardo respondió:
—No hace falta. Ya sufrimos suficiente. Mejor entiérrela.
Escuché cómo se alejaban.
Ni lágrimas.
Ni oraciones.
Ni una despedida.
Sólo los pasos de mi esposo marchándose con mi mejor amiga.
Después oí otra cosa.
Un perro.
Primero olfateó alrededor. Luego empezó a gemir. Sus patas rasparon la madera.
—Bruno, déjate de cosas —dijo el hombre mayor—. Ven acá.
El perro no obedeció.
Los trabajadores comenzaron a bajar el ataúd.
Sentí el movimiento.
Después, un golpe seco.
Había llegado al fondo de la fosa.
El pánico me invadió.
Pensé en mi madre fallecida. En mi padre. En todos los amigos que probablemente ni siquiera sabían que supuestamente había muerto.