Y mientras unas manos retiraban frenéticamente la tierra que acababan de echar sobre mí, sólo podía pensar una cosa:
Si sobrevivía, Ricardo iba a descubrir que había cometido el peor error de su vida.
Y todavía nadie podía imaginar lo que estaba a punto de salir de aquella tumba.
PARTE 2
La tapa se abrió y la luz me golpeó como si hubiera vuelto a nacer.
Sobre mí apareció el rostro arrugado del sepulturero.
—Virgen santísima…
Intenté hablar.
—Agua…
Eso bastó para que aquel hombre entendiera que no estaba viendo un cadáver.
Se llamaba don Ernesto Salgado. Llevaba más de veinte años trabajando en aquel cementerio privado a las afueras de Guadalajara. Con ayuda de su compañero me sacó de la fosa y, para evitar un escándalo inmediato, me llevó hasta una pequeña caseta donde descansaba durante sus turnos.
Bruno no se separó de mí.
Cuando recuperé algo de movilidad, don Ernesto quiso llamar una ambulancia.
—No todavía —le pedí—. Primero necesito entender qué hicieron conmigo.
Le conté lo que había escuchado.
Ricardo.
Patricia.
La herencia.
Don Ernesto apretó los puños.
—Entonces esos dos sabían que usted estaba viva.
—Estoy segura.
Mi sospecha se confirmó cuando encontré, entre mis pertenencias entregadas con el ataúd, un recibo de una funeraria que no conocía y una copia de un certificado emitido apenas unas horas después de que perdí el conocimiento.
Todo había ocurrido demasiado rápido.
Patricia trabajaba administrando una farmacia familiar y tenía acceso a medicamentos. Yo no sabía exactamente qué habían utilizado conmigo, pero el efecto había sido evidente: habían provocado un estado tan profundo que parecía no tener reacción alguna.
Ricardo había aprovechado mi aislamiento familiar. Mis padres habían fallecido, no tenía hijos y mis parientes más cercanos vivían fuera de Jalisco.