A las 7:12 de la mañana siguiente tenía 38 llamadas perdidas.
No contesté ninguna.
A las 8:06 llegó un mensaje de Renata.
Necesito verte. Mauricio me mintió a mí también. Hay algo que debes saber.
Nos encontramos en una cafetería de la colonia Del Valle.
Renata llegó sin maquillaje, con el cabello recogido y sin la seguridad arrogante de la noche anterior.
—Lo que hicimos fue horrible —dijo.
—Sí.
No intenté aliviarle la culpa.
—Pero Mauricio me dijo que necesitábamos presionarte.
Sentí un hueco en el estómago.
—¿Presionarme para qué?
Me contó la verdad.
Mauricio había invertido 4,300,000 MXN con un socio que prometía rendimientos extraordinarios comprando departamentos antes de construcción.
El proyecto se desplomó.
Había pedido préstamos.
Había usado tarjetas.
Le debía dinero incluso al padre de Renata.
Y cuando descubrió por internet que yo aparecía relacionada con 2 sociedades restauranteras, decidió que yo podía resolverlo.
—Él decía que si te hacíamos sentir menos, terminarías mostrando cuánto tenías —confesó Renata—. Quería que demostraras que nosotros estábamos equivocados.
—¿Y después?
Ella guardó silencio.
—Después iba a pedirte dinero.
Sentí náuseas.
Mi propio hijo había usado mi humillación como herramienta.
Pero Renata todavía no había terminado.
—Hace unos días escuché una conversación suya.
—¿Con quién?
—Con un hombre llamado Carranza. Creo que trabajó contigo.
Conocía el nombre.
Un exadministrador.
—¿Qué preguntó?
Renata me miró.
—Quería saber si alguna vez habías firmado un poder legal a su favor.
Por primera vez aquella mañana sentí miedo.
No por perder dinero.
Por descubrir hasta dónde estaba dispuesto a llegar mi hijo.
Saqué el teléfono y llamé a Ramiro Salgado, mi abogado.