El diagnóstico que quebró nuestro mundo
Nuestra felicidad duró apenas seis meses. Julián empezó a sentirse cansado, más de lo normal. Al principio lo atribuimos al estrés del trabajo y a las noches en vela preparando el cuarto del bebé. Pero cuando comenzó a bajar de peso sin razón, y cuando una tarde se desmayó al bajar las escaleras, insistí en que fuera al médico. Recuerdo el silencio del consultorio, la manera en que el doctor entrelazó las manos sobre el escritorio antes de hablar, y cómo sus palabras cayeron sobre nosotros como una piedra que hunde un barco.
Los médicos le dieron no más de tres meses de vida. Tres meses. Yo tenía seis meses de embarazo. Las cuentas eran crueles y sencillas: probablemente no viviría lo suficiente para conocer a nuestra hija.
Salimos del hospital tomados de la mano, sin hablar, hasta llegar al auto. Ahí me derrumbé. Lloré con una furia que nunca había sentido, golpeando el volante, gritándole a un Dios en el que ni siquiera sabía si creía. Julián no dijo nada. Solo me abrazó, con la barbilla apoyada sobre mi cabeza, y esperó. Cuando por fin me calmé, me limpió las lágrimas con los pulgares y me dijo que teníamos que aprovechar cada minuto, que no íbamos a gastar el tiempo que nos quedaba en llorar por el que no íbamos a tener.
