La última promesa de Julián: el regalo que mi esposo me dejó después de partir
Un amor que floreció con la promesa de una vida nueva
Julián y yo llevábamos tres años de casados cuando, después de tanto esperar y de tantas noches abrazados hablando de los nombres que le pondríamos a nuestros hijos, finalmente quedé embarazada. Recuerdo la mañana en que le mostré la prueba en el baño de nuestra casa: él estaba con el cabello alborotado, con esa cara suya de recién despierto, y cuando vio las dos líneas soltó una carcajada tan pura, tan absolutamente feliz, que me hizo llorar sin control. Me abrazó tan fuerte que sentí que me iba a romper, y me susurró al oído que ese sería el mejor año de nuestras vidas.
Los primeros meses fueron como vivir dentro de un sueño. Julián se aprendió de memoria cada semana del embarazo, leía libros a mi vientre por las noches, y comenzó a construir con sus propias manos una cuna de madera en el garaje. Decía que su hija tenía que dormir en algo hecho con amor, no en algo comprado en una tienda. Yo lo miraba trabajar por la ventana, con el sudor corriéndole por la frente y esa sonrisa constante, y pensaba que la vida no podía darme más de lo que ya tenía.