—No. Ahora.
Arturo percibió la tensión.
—Estaré en la oficina.
Se retiró.
Renata miraba alternativamente a Mauricio y a mí.
—¿Este restaurante es tuyo?
—Una parte importante.
—¿Cuánto?
No respondí.
Su padre dejó la copa lentamente.
Yo llevaba 26 años trabajando alrededor de cocinas.
Después de que Mauricio entró a la universidad, una amiga y yo rentamos un pequeño local en Coyoacán. Teníamos 8 mesas, 2 empleados y una estufa que fallaba cada 3 semanas.
Ganamos muy poco durante el primer año.
Pero aprendí.
Abrimos otro local.
Luego otro.
Compré participación en 2 propiedades.
Reinvertí casi todo.
Mientras Mauricio imaginaba que su madre seguía viviendo de una pensión y algunos ahorros, yo había construido un grupo de 6 restaurantes y tenía participación en 3 inmuebles comerciales.
Nunca fingí ser pobre.
Simplemente jamás sentí necesidad de presumir.
Mi departamento seguía siendo el mismo porque me gustaba.
Mi automóvil tenía 9 años porque funcionaba.
Mi ropa era sencilla porque la ropa nunca me había explicado quién era.
—Mauricio —repetí—. ¿Desde cuándo?
—Hace unos meses.
Renata se levantó.
—Me dijiste que ella apenas tenía ahorros.
Él se pasó las manos por la cara.
Entonces todo encajó.
La invitación inesperada.
Los padres de Renata.
Los comentarios sobre dinero.
La humillación.