—Casi un año.
—¿Y Adrian lo sabía?
—Sí.
—¿Por qué no acudió a la policía?
—Porque estaba intentando descubrir quién estaba detrás.
Miré las fotografías.
Entonces encontré una que me hizo palidecer.
Era una imagen tomada dos semanas antes de nuestro divorcio.
Yo estaba entrando en una clínica.
La misma clínica donde me había hecho las pruebas de embarazo.
Detrás de mí aparecía un hombre que no reconocía.
—¿Quién es?
Marco respondió:
—Ese es el segundo giro.
—¿Qué?
—El hombre que amenazaba a Adrian no estaba buscando a tu padre.
Me miró fijamente.
—Te estaba buscando a ti.
Aquella noche Adrian llegó a mi apartamento.
No lo dejé entrar inmediatamente.
—Quiero saber toda la verdad.
—Te la contaré.
—No quiero otra decisión tomada por mí.
—De acuerdo.
Abrí la puerta.
Se sentó frente a mí.
Por primera vez no parecía el hombre poderoso que todos conocían.
Parecía simplemente un hombre cansado.
—El hombre se llama Victor Hale —dijo—. Trabajó para una empresa que mi padre compró hace años.
—¿Y qué quiere?
—Un archivo.
—¿Qué archivo?
Adrian me miró.
—Tu padre lo tiene.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Qué hay dentro?
—Nombres. Transferencias. Pruebas de corrupción.
—¿Y por qué me seguía a mí?
—Porque creían que tú sabías dónde estaba.
Negué lentamente.
—Yo no sé nada.
—Ahora lo sé.
—¿Y el divorcio?
Adrian bajó la cabeza.
—Pensé que si te odiabas conmigo, te alejarías.
—Funcionó.
—Sí.
—Demasiado bien.
El silencio se hizo insoportable.
—Cuando firmé esos papeles —continuó— pensé que estaba salvándote.
—Y yo pensé que simplemente habías dejado de amarme.
Su rostro se quebró.
—Nunca dejé de hacerlo.
No respondí.