No levanté la cabeza.
—Puedes irte.
—No quiero irme.
—Eso no cambia nada.
Se quedó de pie frente a mí.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía no saber qué decir.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Solté una pequeña risa amarga.
—Porque cuando firmamos el divorcio, pensé que eso era exactamente lo que querías.
—Claire…
—No. Déjame terminar.
Lo miré directamente.
—Descubrí que estaba embarazada una semana antes de que termináramos legalmente. Me quedé despierta toda la noche pensando si debía llamarte.
Su rostro cambió.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque recordé tu voz.
Él frunció el ceño.
—¿Mi voz?
—”Deberíamos terminar con esto”.
Silencio.
—Lo dijiste sin siquiera mirarme.
Adrian cerró los ojos.
—Yo estaba equivocado.
—Sí.
—Estaba pasando por muchas cosas.
—Todos pasamos por cosas.
Me puse de pie lentamente.
—La diferencia es que tú decidiste que yo no necesitaba saber cuáles eran las tuyas.
No respondió.
Entonces sacó algo del bolsillo interior de su abrigo.
Un sobre.
Lo dejó sobre la mesa.
—Quería darte esto antes de que te fueras.
Lo miré sin tocarlo.
—¿Qué es?
—Una carta.
—¿De quién?
—De mi madre.
Mi corazón se detuvo por un instante.
—¿Tu madre?
Adrian asintió.
—La encontré entre sus cosas después de que murió.
Abrí el sobre.
La carta tenía varios años.
La reconocí inmediatamente.
Era la misma caligrafía que había visto en algunas tarjetas familiares.
Leí las primeras líneas.
Y entonces comprendí que había una segunda verdad.
La mujer que todos creían responsable de nuestro divorcio había intentado evitarlo.
La carta decía que Adrian había recibido una oferta para trasladarse durante un año a Londres y que él había decidido aceptar sin decírmelo porque creía que yo jamás abandonaría mi carrera para acompañarlo.