Un médico revisó mi hombro.
No había ninguna lesión grave.
Mientras esperaba, Marcus entró.
—¿Quieres contarme por qué no reaccionaste?
Sonreí.
—Porque había veinte personas alrededor.
—Podrías haberlo reducido en dos segundos.
—En uno.
Marcus soltó una risa breve.
—Eso sí te lo creo.
Después su expresión cambió.
—Pero hiciste bien.
—Lo sé.
Se sentó frente a mí.
—Hay algo que necesitas saber.
—¿Qué?
—El hombre que te atacó no estaba aquí por casualidad.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Marcus colocó una carpeta sobre la mesa.
—Su unidad está siendo evaluada por un nuevo programa de operaciones conjuntas.
Miré los documentos.
—¿Y?
—Tú eres la persona que viene a asumir el mando de ese programa.
Levanté la mirada.
—¿Él lo sabía?
—No.
—Entonces tenemos un problema.
Marcus asintió.
—Exactamente.
Una hora después entré en la sala de reuniones.
El SEAL estaba allí.
También estaban otros doce operadores.
Algunos ya sabían quién era yo.
Otros no.
Me coloqué frente a la mesa.
—Buenos días.
Nadie respondió.
—Soy Elena Vance.
Un oficial abrió una carpeta.
—Comandante, ellos esperaban al coronel Harris.
—El coronel Harris fue reasignado.
Pausa.
—Ahora responderán ante mí.
El mismo SEAL que me había empujado permanecía al fondo.
No levantaba la mirada.
Yo no mencioné el incidente.
Todavía.
—Durante los próximos seis meses evaluaremos preparación, disciplina, toma de decisiones y capacidad para trabajar bajo presión.
Uno de los hombres preguntó:
—¿Operaciones de campo?
—Sí.
—¿Combate?
—También.
El SEAL levantó ligeramente la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
—¿Y qué espera de nosotros, comandante?
Lo miré.
—Que sean profesionales.
Pausa.
—Nada más.
Las primeras semanas fueron difíciles.
No porque quisieran desafiarme abiertamente.
Porque estaban acostumbrados a líderes que necesitaban demostrar autoridad.