Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—A veces mamá me aprieta fuerte cuando se enoja.
—¿Dónde?
—Los brazos.
—¿Algo más?
Asintió.
—Una vez me jaló del cabello.
Sentí ganas de romper algo.
Pero mantuve la voz tranquila.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Porque cuando tú llamabas desde los viajes, mamá estaba cerca.
Aquella frase me golpeó más fuerte que todas las anteriores.
Yo viajaba constantemente.
Monterrey.
Guadalajara.
Puebla.
Ciudad de México.
3 semanas al mes fuera de casa.
Siempre llamaba.
Siempre preguntaba:
—¿Todo bien?
Y Valentina respondía:
—Sí, papá.
Porque alguien estaba escuchando.
Me acerqué un poco.
—Voy a ayudarte.
Ella retrocedió de inmediato.
—No le digas a mamá.
—Valentina…
—Por favor.
Su voz se quebró.
—Cuando se entera de que digo cosas, se pone peor.
En ese instante escuchamos una llave entrando en la cerradura.
Valentina se quedó completamente inmóvil.
Su rostro cambió.
No fue sorpresa.
Fue terror.
La puerta principal se abrió.
Mi esposa, Mariana, entró cargando 2 bolsas del supermercado.
—¿Diego?
Sonrió al verme.
—¿Qué haces aquí? Dijiste que llegabas mañana.
Dejó las bolsas sobre la barra y caminó hacia nosotros.
Entonces notó que yo estaba arrodillado frente a la habitación de Valentina.
La sonrisa desapareció durante medio segundo.
Luego regresó.
Demasiado rápido.
—¿Qué pasa?
Me puse de pie.
Y me coloqué entre ella y nuestra hija.
—Quiero que me expliques qué le pasó a la espalda de Valentina.
El rostro de Mariana se endureció.
Miró a nuestra hija.
—¿Ya empezaste con eso?
Valentina bajó la cabeza.
—No le hables a ella. Háblame a mí.
Mariana soltó las llaves sobre la mesa.
—Se cayó.
—No.
—¿Cómo que no?
—Valentina me dijo lo que pasó.
Silencio.
Mariana volvió a mirar a nuestra hija.
Esta vez ya no intentó ocultar la furia.