Pensé que serían cuentas.
La abrí.
En la primera página decía:
Martes.
Valentina volvió a hacerme quedar como la mala.
Seguí leyendo.
Había fechas.
Meses de fechas.
Quejas sobre mi trabajo.
Sobre mis viajes.
Sobre nuestra hija.
Valentina no deja de preguntar por Diego.
Otra página.
Hoy lloró porque no quería cenar. Le apreté el brazo para que dejara de hacer berrinche.
Otra.
Le dije que si le cuenta algo a Diego, él se va a ir y será culpa de ella.
Tuve que sentarme.
Fernanda me vio desde la puerta.
—¿Qué encontraste?
No pude responder.
En una de las últimas páginas, Mariana había escrito:
Tengo que controlarme antes de que Diego vea alguna marca.
Le entregué la libreta a mi hermana.
Ella leyó 3 líneas.
Y se tapó la boca.
Aquello no era una confesión escrita para pedir ayuda.
Era un registro.
Mariana sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Tomé fotografías sin arrancar ninguna página.
Después llamé a mi abogado.
—Encontré algo.
Hubo silencio al otro lado.
—No lo manipules más. Guárdalo y entrégaselo a la Fiscalía.
Miré aquella libreta sobre la cama donde había dormido junto a Mariana durante 11 años.
Y por primera vez comprendí la verdadera dimensión de la mentira.
Mi esposa no había perdido el control una vez.
Había construido todo un sistema para lastimar a nuestra hija cuando yo no estaba.
Y después había enseñado a Valentina a sonreír durante mis videollamadas.
Parte 3
Las siguientes semanas fueron las más difíciles de mi vida.
Hubo entrevistas.
Evaluaciones psicológicas.
Audiencias.
Declaraciones.
La casa donde habíamos vivido como familia terminó convertida en una colección de pruebas.
Los mensajes.