Negó demasiado rápido.
—No.
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—¿Entonces por qué dijiste que la prenda no podía ser de Melissa?
Mi tío se pasó ambas manos por la cara.
—Porque pensé que era imposible, Gabriel.
—Eso no responde.
Mi mamá se levantó.
Mauricio miró hacia la cama vacía y finalmente admitió que durante años había visto a Ernesto salir temprano algunos días con sobres de dinero y regresar por la tarde, pero jamás le explicó adónde iba.
A veces mencionaba Zacatlán.
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Nada más.
Mauricio aseguró que nunca preguntó porque mi abuelo no toleraba preguntas sobre sus asuntos.
Le creí una parte.
La otra tendría que comprobarse.
Renata tampoco lo acusó.
Sólo le pidió que permaneciera disponible.
Antes de salir de la casa, mi mamá se detuvo frente al colchón recargado contra la pared.
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—Yo viví aquí después de que Melissa desapareció —murmuró—. Entré a este cuarto cientos de veces.
No supe qué decirle.
Ese era uno de los golpes más crueles de lo que acabábamos de descubrir.
La respuesta había estado a unos pasos de nosotros.
Esa tarde nadie regresó a vaciar la casa.Las cajas con ropa de Ernesto, sus libros de cuentas y los objetos que la familia pensaba repartir quedaron exactamente donde estaban.
Por primera vez desde el funeral, dejaron de ser pertenencias de un hombre respetado.
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Eran cosas alrededor de una investigación.
Mi mamá y yo volvimos a casa sin hablar mucho.
En el trayecto recibió mensajes de varios familiares preguntando si ya habíamos terminado de limpiar la recámara.
No contestó ninguno.
Al llegar sacó del clóset la caja que había conservado desde la desaparición de Melissa.
Yo la había visto muchas veces cuando era niño, pero nunca completa.