Renata dejó la tapa sobre la caja, apartó los comprobantes de Santa Elena y pidió que nadie siguiera leyendo las cartas dentro de la recámara.
Primero debían asegurar cada objeto y averiguar si el lugar al que Ernesto había enviado dinero durante años todavía conservaba algún registro de Mariana López.
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Mi mamá levantó la cabeza.
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—¿Van a ir allá?
Renata no prometió nada que todavía no pudiera cumplir.
—Vamos a verificar qué existe y quién puede confirmar estos documentos.
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Eso bastó para cambiarlo todo.
Hasta ese momento seguíamos buscando la explicación de una desaparición ocurrida 14 años atrás.
Ahora teníamos un nombre distinto, un sitio concreto en Zacatlán y papeles que colocaban a mi abuelo en medio de los años que todos creíamos vacíos.Yo seguía mirando la caja.
Melissa había desaparecido a los 15.
Durante años escuché la misma versión: que probablemente se había escapado, que era una adolescente difícil, que algún día regresaría si quería hacerlo.
Ernesto era quien más repetía esa historia.
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Siempre con la misma seguridad.
“Hay personas que no quieren ser encontradas”, decía.
A los 18, parado frente a su cama, entendí que esa frase ya no sonaba como resignación.
Sonaba como una coartada.
Uno de los agentes fotografió los recibos uno por uno mientras Renata guardaba las cartas sin abrirlas por completo.
Mi mamá preguntó si podía quedarse con alguna.
Le dijeron que por el momento no.
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Ella asintió, aunque le costó retirar la mano.
Mauricio seguía junto a la ventana.
No había vuelto a acercarse desde que encontraron la caja.
Yo lo miré.
—¿Tú conocías ese lugar?