Meses después, cuando finalmente se permitió revisar algunas de sus cosas recuperadas y decidir qué quería conservar, Melissa preguntó por la prenda rosa que había iniciado todo.
Le expliqué que todavía formaba parte de la evidencia y que no podía tenerla.
—Mejor —dijo.
Yo pensé que le dolía.
Pero negó con la cabeza.
—No la quiero.
Luego pidió hilo.Mi mamá todavía guardaba una caja de costura.
Melissa eligió un pedazo de tela sencillo y tardó varios minutos en pasar la aguja por primera vez.
Sus manos ya no recordaban el movimiento con la facilidad de antes.
Se equivocó en un pétalo.
Lo deshizo.
Volvió a empezar.
Cuando terminó, había tres margaritas pequeñas en una esquina.
No eran idénticas a las de la prenda encontrada bajo el colchón.
Tampoco tenían que serlo.
Melissa dobló la tela y me la puso en la mano.
—Ahora sí puedes tocar ésta.
La guardé.
No como prueba de lo que Ernesto hizo.
Como la primera cosa que mi hermana decidió entregarme después de volver a llamarse Melissa.