
Richard no le estrechó la mano. Sus ojos se clavaron en el collar. Eleanor ahogó un grito y se llevó las manos a la boca. Cuando Julian intentó apartar a Elena, llamándola «chatarra de mercado de pulgas», la voz del magnate retumbó en el salón:
—Suéltela. Ahora mismo.
Con lágrimas en los ojos, Richard preguntó de dónde había sacado la joya. Elena repitió la historia del incendio cerca de Fort Worth. Entonces Eleanor sacó de su blusa una cadena con la otra mitad del sol de plata. Las dos piezas encajaban perfectamente. En el reverso se leía una inscripción desgastada: «E.K. — Mi luz siempre regresa».
Frente a inversionistas, senadores y directivos, el hombre más poderoso del salón se arrodilló ante la mujer que su empleado había mandado a esconder.

—Elizabeth… mi hija, mi pequeña Elizabeth.
De la vergüenza a la codicia
Eleanor explicó, entre lágrimas, que les habían dicho que nadie había sobrevivido al accidente. Habían enterrado un ataúd vacío y llorado a la niña durante treinta años. Richard reveló que la buscó durante una década sin descanso.