Ni siquiera sabía que su abuela amanecía con dolor.
Marisol sí.
Durante los siguientes días empezó a notar cosas que siempre habían estado frente a él.
Marisol dejaba agua junto a la cama de Elvira.
Recordaba qué programa quería ver por las tardes.
Escuchaba las mismas historias de juventud sin mirar el reloj.
Y, después de terminar todo eso, todavía debía limpiar habitaciones, ordenar ropa y cumplir las listas que Valeria pegaba cada mañana en el refrigerador.
Una tarde, Alejandro la encontró cargando toallas.
—Marisol, ¿sigues estudiando?
Ella se detuvo.
—Sí. Auxiliar de enfermería.
—¿Por las noches?
—Martes, jueves y sábado.
—¿Y a qué hora sales de aquí?
Marisol dudó.
—Debería salir a las 6, pero a veces termino después.
—Desde mañana, los días que tengas clases te vas a las 5:30.
—No es necesario.
—Lo sé. Pero quiero hacerlo.