hombro.
Yo llevaba los mismos aretes de perlas que Daniela había usado la tarde anterior.
No me dolió que los llevara.
Me dolió que los hubiera usado mientras me quitaba la casa.
Guardé la fotografía.
Después abrí la carpeta.
La primera revisión confirmó lo que ya sabía: los documentos que yo había conservado no contenían una autorización reciente para vender la propiedad.
Pero faltaba saber qué habían presentado ellos.
Y ahí apareció el verdadero problema.
Había un documento que yo no reconocía.
No era la escritura original.
No era el papel que Richard y yo habíamos firmado años atrás.
Era una copia.
Tenía mis datos.
Tenía la referencia de la propiedad.
Y tenía una firma que pretendía ser mía.
La miré durante mucho tiempo.
No necesitaba ser experta para saber que aquella firma no era la que yo utilizaba.
Mi nombre podía estar escrito correctamente.
Mi casa