Y ninguno sabía lo que los demás habían contado.
Alejandro terminó sentado solo en su oficina.
Sobre el escritorio estaban las invitaciones de boda.
Su nombre junto al de Valeria.
Alejandro y Valeria.Durante meses aquellas palabras habían representado un futuro.
Ahora parecían una advertencia.
Pensó en su madre.
Rosa había muerto 4 años antes, pero todavía podía escucharla decir:
—Mira cómo alguien trata a quien no necesita impresionar. Ahí vas a saber quién es.
Alejandro cerró los ojos.
Había tenido la respuesta frente a él desde aquella tarde del vino.
Solo le había faltado valor para aceptarla.
Esa noche fue a buscar a Marisol.
Ella estaba quedándose temporalmente con una tía en Tonalá.
Cuando abrió la puerta y lo vio, no sonrió.
—Marisol, vine a pedirte perdón.
—No tiene que hacerlo.
—Sí tengo.
Alejandro no intentó justificarse.