A 3 semanas de casarse, volvió temprano a casa con flores para sorprender a su prometida. Pero antes de entrar en la cocina la vio derramar vino a propósito sobre el suelo que la empleada acababa de limpiar. “Límpialo otra vez”, ordenó ella. Él retrocedió sin hacer ruido y ocultó que lo había visto. Lo que descubrió durante los días siguientes fue mucho peor.

Y ninguno sabía lo que los demás habían contado.

Alejandro terminó sentado solo en su oficina.

Sobre el escritorio estaban las invitaciones de boda.

Su nombre junto al de Valeria.

Alejandro y Valeria.Durante meses aquellas palabras habían representado un futuro.

Ahora parecían una advertencia.

Pensó en su madre.

Rosa había muerto 4 años antes, pero todavía podía escucharla decir:

—Mira cómo alguien trata a quien no necesita impresionar. Ahí vas a saber quién es.

Alejandro cerró los ojos.

Había tenido la respuesta frente a él desde aquella tarde del vino.

Solo le había faltado valor para aceptarla.

Esa noche fue a buscar a Marisol.

Ella estaba quedándose temporalmente con una tía en Tonalá.

Cuando abrió la puerta y lo vio, no sonrió.

—Marisol, vine a pedirte perdón.

—No tiene que hacerlo.

—Sí tengo.

Alejandro no intentó justificarse.

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