Don Ernesto, el jardinero, contó algo parecido.
Una instrucción dada de cierta manera.
Después negada.
Una equivocación fabricada.
Una reprimenda frente a otras personas.
Todos habían guardado silencio por miedo a perder el trabajo.
Y ninguno sabía lo que los demás habían contado.
Alejandro terminó sentado solo en su oficina.
Sobre el escritorio estaban las invitaciones de boda.
Su nombre junto al de Valeria.
Alejandro y Valeria.Durante meses aquellas palabras habían representado un futuro.
Ahora parecían una advertencia.
Pensó en su madre.
Rosa había muerto 4 años antes, pero todavía podía escucharla decir:
—Mira cómo alguien trata a quien no necesita impresionar. Ahí vas a saber quién es.
Alejandro cerró los ojos.
Había tenido la respuesta frente a él desde aquella tarde del vino.
Solo le había faltado valor para aceptarla.
Esa noche fue a buscar a Marisol.
Ella estaba quedándose temporalmente con una tía en Tonalá.
Cuando abrió la puerta y lo vio, no sonrió.
—Marisol, vine a pedirte perdón.
—No tiene que hacerlo.
—Sí tengo.
Alejandro no intentó justificarse.
Le contó que había hablado con Elvira, Carmen, Óscar y Ernesto.
—Sé lo que Valeria hizo.
Marisol cruzó los brazos.
—Ahora lo sabe.
—Debí creerte antes.
—Sí.
La respuesta fue simple.
Y precisamente por eso dolió.
—Cuando usted me pidió que me fuera —continuó ella—, lo peor no fue perder unos días de trabajo. Fue darme cuenta de que Valeria llevaba semanas diciendo que yo era irresponsable y que, cuando llegó el momento, funcionó.
Alejandro bajó la mirada.
—Tienes razón.
—Yo no necesito que venga a decirme que ella es mala. Necesitaba que alguien me preguntara qué estaba pasando antes de decidir que seguramente yo había cometido otro error.