Parte 3—Valeria lleva meses haciendo que los demás duden de sí mismos —dijo doña Elvira—. Da una instrucción y luego jura que dijo otra cosa.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
—¿También contigo?
—Conmigo no se atreve demasiado. Pero conmigo cerca sí lo ha hecho con Marisol.
Elvira dejó su tejido sobre las piernas.
—Una vez le pidió que comprara flores blancas para el comedor. Cuando llegaron, Valeria dijo delante de unas amigas que había pedido rosas. Marisol se disculpó aunque yo misma escuché la orden.
Alejandro permaneció en silencio.
—Otro día le pidió cambiar unas cortinas. Cuando regresaste, Valeria comentó que Marisol había movido cosas sin permiso. Y cuando vienen invitados, la abraza, le dice “preciosa” y habla de ella como si fuera parte de la familia. Apenas se van, cambia completamente.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
Elvira lo miró con tristeza.
—Porque durante mucho tiempo tampoco parecías dispuesto a mirar.
Aquello dolió porque era verdad.
Alejandro comenzó a preguntar.
No reunió al personal en una misma habitación. Habló con cada persona por separado.
Primero con Carmen, la cocinera.
—No quiero causarle problemas, señor Alejandro —dijo ella.
—No vas a causarlos. Solo dime la verdad.
Carmen respiró hondo.
—La señorita Valeria es muy amable cuando hay gente. Pero cuando estamos solos cambia. A mí una vez me pidió preparar comida para 6 personas. Después llegaron 10 y dijo frente a su mamá que yo había olvidado a 4 invitados.
—¿Y tú qué hiciste?
—Nada. ¿Qué podía hacer?
Luego habló con Óscar, el chofer.
—Me dejó esperando casi 2 horas afuera de una plaza —contó—. Después llegó enojada porque supuestamente yo había aparecido tarde. Cuando intenté mostrarle los mensajes, me dijo que no fuera irrespetuoso.