—¿Sin mí?
—Sí. Pero es para ti.
—Eso lo hace peor.
—Confía en mí.
Y confié. Lo dejé guardar su último secreto.
El velorio y las miradas
Mark murió un martes de lluvia con mi mano envuelta en la suya. Después vinieron las preguntas del equipo de donación, los formularios, la palabra “sí” repetida hasta que perdió peso. “Sí, esta era su voluntad.” “Sí, él lo decidió.” “Sí.”
Y entonces, el sobre en el pasillo.
Esa misma noche lo abrí. Dentro había una memoria USB y una nota doblada.
No lo veas porque me extrañas. Míralo si alguien te hace dudar de mí, Sally. Y sobre todo, si alguien te hace dudar de ti misma.
Lo leí dos veces.
—Estás muerto —le dije al papel—. Ya no puedes darme instrucciones.
Cecelia me pateó bajo las costillas.
—Tu papá me está molestando desde el más allá. Se lo merecía.
Guardé la memoria en un cajón. No estaba lista.
Dos días después apareció Violet. La encontré en la habitación de Cecelia, doblando y desdoblando una manta rosa.
—¿Se lo llevaron todo? —preguntó sin mirarme.
—Solo lo que se puede donar.
—¿Y tú estás bien con eso?
—No estoy bien.
—Actúas como si lo estuvieras.
Su boca temblaba.
—¿Cómo se supone que viva sabiendo que algo de mi hijo está por ahí, en desconocidos?
—Porque Mark quiso que fuera así.
Miró mi vientre.
—Tú al menos te quedas con una parte de él.
—No la metas a ella en esto.
Salió sin responder.
La memoria del muerto
En el memorial, todo empeoró. Un tío de Mark me abrazó cerca de las flores y comentó que Mark había ayudado a otros hasta el final. Una tía dijo que yo debía estar orgullosa. Y detrás de mí, la voz de Violet:
