Edward cerró los dedos alrededor del llavero que Linda había dejado sobre la barra y, en vez de devolvérselo, caminó hacia mí.
Lo puso en mi mano.
No dijo nada al principio.

No hacía falta.
Linda lo miró como si acabara de traicionarla delante de todos.
Yo seguía sosteniendo el teléfono contra la oreja. Del otro lado, Gabriella esperaba en silencio mientras yo sentía el metal de las llaves hundirse en mi palma.
Aquellas llaves no tenían nada especial.
Eran las mismas que yo les había entregado unos días antes, cuando Edward me llamó para decirme que había perdido el trabajo y necesitaba un lugar donde su familia pudiera quedarse temporalmente.
Pero ahora pesaban distinto.
Porque Edward acababa de devolverme algo más que un juego de llaves.
Había reconocido, por fin, dónde terminaba mi ayuda y dónde empezaba el abuso.
Linda extendió la mano.
«Dámelas».
Edward no