Yo manejé unas cuadras, estacioné lejos y regresé caminando…

Entonces salí.

—Lucía.

Ella brincó como si la hubiera atrapado robando.

—Papá…

No le grité. No podía.

Tenía la garganta cerrada.

—¿Por qué no estás en la escuela?

Sus labios temblaron.

—Sí fui… pero me salí.

—¿Desde cuándo haces eso?

No contestó.

Me senté frente a ella, dejando espacio entre los dos.

—La vecina escuchó tus gritos. Yo también. Ya no me digas que todo está normal.

Lucía apretó las manos hasta ponerse los nudillos blancos.

—Me están molestando en la escuela.

La palabra “molestando” le quedaba chica a lo que empezó a contar.

Primero le escondían la mochila. Luego le rayaron los cuadernos. Después aparecieron notas en su banca: “das asco”, “nadie te quiere aquí”, “lárgate”. Una vez encontró tachuelas dentro de sus tenis. Otra, editaron una foto suya y la pasaron por grupos de WhatsΑpp de la prepa. Nadie la defendía. Αlgunos se reían. Otros solo fingían no ver.

—¿Quién? —pregunté.

Lucía tragó saliva.

—Nayeli Ríos.

El apellido me golpeó como una piedra, pero todavía

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