Ella me miró con una mezcla de respeto y tristeza.
—Eso no es sostenible.
Yo casi lloré.
No por Esteban.
Por mí.
Porque bastó que una desconocida dijera una frase simple para confirmar lo que yo llevaba años negándome.
No era sostenible.
No era amor.
Era desgaste disfrazado de virtud.
El IMSS tiene incluso documentos que describen cómo los cuidadores apoyan en actividades básicas como comer, bañarse, vestirse, trasladarse e ir al baño, y yo había hecho todo eso sin descanso, sin sueldo y sin gratitud.
Esteban me miró con odio.
—¿Me vas a dejar con una extraña?
—No. Te voy a dejar con una profesional.
—Eres mi esposa.
—Y tú me llamaste sirvienta gratis.
Tomás levantó la voz.
—Mi papá está en silla de ruedas. ¡No puedes abandonarlo!