Esteban respiró fuerte.
—¿Me denunciaste?
—Todavía no por todo.
Tomás se adelantó.
—Vieja loca, si crees que vas a quitarle algo a mi papá—
—Un paso más —lo corté— y llamo a la policía.
Se detuvo.
No porque me respetara.
Porque por primera vez no sabía qué tan lejos había llegado yo.
—Tomás —dije—, se acabaron tus depósitos.
—No puedes hacer eso.
—No son míos. Eran de la pensión y del seguro de tu papá. Pero la abogada va a pedir revisión porque mientras él decía no tener para pagar enfermera, sí tenía para tus viajes a Cancún, tu moto y tus tenis de diecisiete mil pesos.