Hay llamadas telefónicas que cambian una vida para siempre. Para Margaret Hale , aquella llamada llegó un jueves por la mañana y destruyó en pocos segundos la realidad que había construido durante los últimos dos años.
Su hija Lucy había muerto a los 11 años. O, al menos, eso era lo que Margaret llevaba dos años creyendo.
Cada domingo visitaba la magnolia situada detrás de la iglesia del pueblo. Allí había colocado una pequeña placa con el nombre de su hija.
Nunca llevaba flores demasiado grandes.
Lucy odiaba que su madre gastara dinero en cosas que podían encontrarse gratis en el jardín.
Por eso Margaret solía llevar margaritas.
Era su pequeña tradición.
Hasta que sonó el teléfono.
—¿Señora Hale?
La voz pertenecía a Rafael Álvarez, director de la antigua escuela de Lucy.
-Si.
—Sé que esto puede resultar muy difícil de escuchar, pero tenemos aquí a una niña que asegura ser su hija.
Margaret soltó una pequeña risa nerviosa.
—Mi hija murió hace dos años.
—Eso es precisamente lo que hace que esta situación sea tan extraña.
Margaret sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere decir?
—La niña conoce su nombre. Conoce el nombre de sus profesores. Sabe dónde se sentaba Lucy en clase y ha descrito cosas que aparecen en sus registros antiguos.
Entonces escuchó una voz al otro lado.
-¿Mamá?
Margaret dejó caer la cuchara que tenía en la mano.
Era imposible.
Pero aquella voz…
Aquella forma de pronunciar «mamá»…
Era Lucy
La reacción de Colin
Cuando Margaret le habló a su esposo, Colin, lo ocurrido, esperaba verlo tan desconcertado como ella.
Pero Colin no parecía sorprendido.
Parecía aterrorizado.
—Tenemos que irnos —dijo.