PARTE 2: EL NOMBRE QUE NADIE ESPERABA

—Control, técnica y nada de golpes.

Asentí.

Ethan hizo lo mismo.

—Empiecen.

Ethan avanzó rápidamente.

No necesitó decir nada.

Su postura había cambiado.

Ya no estaba actuando para sus amigos.

Ahora estaba concentrado.

Intentó sujetarme.

Me aparté.

Volvió a intentarlo.

Esperé.

No necesitaba demostrar velocidad.

Solo necesitaba observar.

Respiración.

Equilibrio.

Distancia.

Ethan volvió a avanzar.

Esta vez consiguió sujetarme.

La multitud reaccionó.

—¡Vamos, Ethan!

No hice fuerza contra él.

Esperé.

Entonces cambió su posición.

Ese fue su error.

Aproveché el desequilibrio y utilicé una transición sencilla para llevarlo al suelo de forma controlada.

Carlos levantó inmediatamente la mano.

—¡Punto!

La multitud quedó en silencio.

Ethan se levantó.

Su rostro había cambiado.

—Otra.

Carlos lo miró.

—Si ambos quieren continuar.

Ethan asintió.


La segunda ronda fue diferente.

Ethan ya no quería impresionar a nadie.

Quería demostrar que la primera había sido suerte.

Avanzó con más cuidado.

Esta vez consiguió llevarme hacia el borde de la colchoneta.

Escuché a alguien gritar:

—¡Ahora!

Pero no perdí la concentración.

Recordé algo que un instructor me dijo años atrás:

“Cuando la otra persona intenta controlar tu posición, primero controla tu respiración.”

Respiré.

Esperé.

Y cuando Ethan cambió el peso, hice una transición.

Carlos intervino otra vez.

—¡Parada!

Ethan quedó sentado.

Me miró.

—¿Cómo?

—Observando.

—¿Eso es todo?

—Eso es mucho.


Richard Caldwell se levantó.

—Ya es suficiente.

Ethan lo miró.

—Papá, estoy bien.

Richard negó.

—No.

Su voz fue más seria.

—No estás bien.

Todos lo miraron.

Richard se acercó a su hijo.

—Te conozco.

Pausa.

—Y sé cuándo estás luchando por orgullo.

Ethan apretó la mandíbula.

—No necesito que me protejas.

Richard miró a Walt.

Después a mí.

—Quizá no.

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