PARTE 2 / El millonario regresó sin avisar y encontró a la empleada ayudando a sus hijos a dar el paso que nadie había conseguido.

Una tarde presenció algo que lo quebró. Daniel, sujeto a unas barras paralelas, arrastró un pie unos centímetros.

—¡Lo hice! —gritó entre lágrimas.

Lucía lo abrazó.

—Te dije que tu cuerpo todavía te escucha, terco.

Eduardo lloró escondido tras la puerta. Esa noche la buscó en la cocina.

—¿Por qué haces tanto por ellos si no es tu obligación?

—Porque no necesitan otra persona que les cobre por mirarlos como pacientes —respondió ella—. Necesitan saber que todavía importan.

Eduardo confesó que huía porque se culpaba por el accidente.

—Ellos no necesitan verlo castigándose —dijo Lucía—. Necesitan que regrese de verdad.

A partir de entonces, Eduardo canceló viajes, desayunó con sus hijos y volvió a reír con ellos. Lucía tendió puentes sin ponerse en el centro. Sin embargo, entre ella y Eduardo nació una cercanía que ninguno se atrevía a nombrar.

Valeria sí la notó.

Durante años había supuesto que, por ser Eduardo viudo y sus hijos depender de cuidados, la fortuna terminaría beneficiando a Fernando, su único hijo. Ver a los gemelos recuperar proyectos y a Eduardo mirar a Lucía con ternura convirtió su codicia en miedo.

—Esa mujer nos va a quitar lo que nos corresponde —le dijo a Fernando.

El joven intentó seducir a Lucía, ofreciéndole un departamento a cambio de “entenderse” con él. Ella dejó las sábanas que cargaba y lo enfrentó.

—No estoy en venta. Si vuelve a arrinconarme, su tío sabrá exactamente qué clase de hombre es usted.

Fernando quedó ardido. Valeria entonces propuso destruir su reputación.

Empezaron a desaparecer pequeñas cantidades de dinero. Un florero apareció roto. Carmen recibió rumores sobre supuestos antecedentes de Lucía. La casa se llenó de sospechas mientras la joven seguía trabajando sin comprender por qué todos la vigilaban.

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