Ahora también era un recordatorio de todo lo que la familia había permitido que se perdiera sin darse cuenta.
Carmen recogió una pequeña bolsa con sus pertenencias.
Joaquín se puso el abrigo.
Álvaro tomó las llaves.
Marta permaneció junto a la mesa servida.
La cena que había preparado para demostrar que todo estaba bajo control terminó siendo la escena que reveló lo contrario.
Afuera, la noche seguía igual de fría.
Pero por primera vez en meses, Carmen no tuvo que fingir que estaba acostumbrada.
Álvaro cerró la puerta detrás de ellos.
No sabía todavía qué consecuencias tendría lo que había descubierto.
Tampoco sabía qué intentaba hacer Marta con los documentos que sus padres se habían negado a firmar.
Eso tendría que resolverse después.
Lo que sí sabía era algo mucho más sencillo.
Los 4,000 euros mensuales no habían sido solamente dinero perdido.
Habían creado una dependencia que Marta terminó utilizando para decidir por sus padres.
Y el cuarto junto a la cocina había dejado de ser un simple espacio incómodo.
Era la prueba visible de cómo una casa podía seguir pareciendo perfecta mientras las personas que la habían construido iban perdiendo espacio dentro de ella.
A la mañana siguiente, Álvaro regresó por algunas cosas de sus padres.
Encontró la mesa todavía con parte de la vajilla de la noche anterior.
La silla de Joaquín seguía vacía.
Pero el reloj ya no estaba ahí.
Estaba en la muñeca de su dueño.
Álvaro lo vio cuando Joaquín salió de la habitación que le habían preparado para dormir.
Su padre levantó la muñeca para acomodarse la manga.
El acero reflejó la luz de la ventana.